Dolor Crónico

dolor cronico1El dolor crónico no maligno forma parte de la experiencia de la vida de un gran número de personas. Según datos de la Sociedad Española del Dolor (SED) alrededor de un tercio de la población española adulta padece esta enfermedad, muchas veces infravalorada.

El dolor afecta no sólo el índice general de calidad de vida, sino gran parte de las dimensiones de la propia vida de estas personas: física, emocional, social y cognitiva. Instituciones como la Organización Mundial de la Salud y la Asociación Internacional de Estudio del Dolor (IASP), consideran el dolor crónico como la mayor amenaza para la calidad de vida a nivel mundial, amenaza que va en aumento de forma paralela al aumento de la esperanza de vida.
El dolor es un proceso complejo, multidimensional y subjetivo que cada individuo, a través de su propia experiencia vital, aprende a significar. Existen múltiples causas que intervienen en la experiencia del dolor: características anatómicas y fisiopatológicas que se interrelacionan con aspectos psicológicos y sociales.

La IASP define el dolor como “una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada con una lesión hística, presente o potencial, o descrita en términos de la misma”.

Esta definición remarca la dualidad del proceso del dolor: como fenómeno físico sensorial de respuesta a estímulos nociceptivos (transmisión neurobioquímica) y como fenómeno psíquico o significado de estos estímulos para el individuo y las connotaciones emocionales que comporta.

El dolor, como proceso neurobioquímico de transmisión de un impulso doloroso hasta su percepción en los centros superiores cerebrales, es un síntoma de alarma. Avisa de que algo está amenazando nuestra integridad y nos obliga a tomar una actitud rápida para evitar un daño mayor. El dolor agudo aparece como síntoma y tiene una misión filogenéticamente útil y protectora.

No obstante, cuando el dolor persiste en el tiempo, más allá de los 6 meses, incluso después de que las causas que lo desencadenaron ya hayan desaparecido, el síntoma se convierte en sí mismo en una enfermedad.

La persona con dolor crónico acaba organizando su vida entorno al dolor. Para afrontar sus pérdidas suele utilizar estrategias de evitación o de control (reposo, evitar según qué tipo de actividades, cambios de medicación, etc.). Conductas que, si bien pueden ayudar a disminuir el dolor y las sensaciones y emociones aversivas asociadas, provocan con el tiempo un aumento del deterioro físico (pérdida de fuerza muscular y de movilidad), y un mayor aislamiento que a su vez reforzará la inactividad, al incrementarse el miedo, y la pérdida de aspectos reforzantes y valiosos de la vida. Todo ello termina por constituir un círculo vicioso que empeora la percepción de incapacidad y abre la vía de la sintomatología depresiva y la ansiedad. Aspectos estos que a su vez repercuten en los niveles de dolor, el grado de incapacidad y la propia evolución de la enfermedad.

Dolor y cerebro

La experiencia del dolor se construye en el cerebro. Las sensaciones físicas de un estímulo (exterior o interior) se transmiten a los centros cerebrales encargados del análisis sensorial. Estos centros, a su vez, están conectados con los centros de procesamiento cognitivo y afectivo, encargados de analizar la información en base a memorias previas del individuo y valoraciones, acordes con su propia historia y entorno. El resultado final es, por lo tanto, fruto de una evaluación en la que no sólo están interviniendo las circunstancias más objetivables del estímulo sino toda una serie de circunstancias que modulan la experiencia y determinan la vivencia final que la persona experimenta.

La plasticidad cerebral hace el resto. La experiencia del dolor crónico termina por producir cambios en la arquitectura cerebral, tanto a nivel funcional como anatómico, que van a tener un papel relevante en la perpetuación del mismo .
El cerebro está diseñado para aprender con la experiencia y son precisamente las experiencias en las que las emociones juegan un papel importante, las que permanecen de manera más indeleble. El dolor crónico es un claro ejemplo de esta situación: tanto la percepción del dolor, como el miedo que provoca, hacen que la experiencia esté permanentemente presente en la mente, consolidando los circuitos de esas memorias una y otra vez.

Tratamiento del Dolor Crónico

Las técnicas actuales de neuroimagen han contribuido ampliamente al conocimiento de los mecanismos neurales que subyacen a la percepción del dolor y como éste puede ser modulado por la acción de los diferentes tratamientos. Los resultados evidencian que el tratamiento más eficaz para abordar las múltiples facetas del dolor crónico es multidisciplinar, ya que puede proporcionar respuesta tanto a los aspectos fisiológicos como a los psicológicos y emocionales de la enfermedad.

Desde hace años, la intervención psicológica forma parte de los tratamientos multidisciplinares con los que se aborda el tratamiento del dolor. Las intervenciones psicológicas actúan tanto sobre los aspectos estructurales como funcionales del cerebro. Por este motivo, debe considerarse como una parte integrada en el tratamiento de estos pacientes, y no como una estrategia cuando la medicina falla o cuando el origen del dolor se considera de causa psicológica.

Para muchas personas, la dimensión psicológica de una enfermedad como es el dolor crónico puede representar un menoscabo de su malestar. Es importante superar los prejuicios que todavía subsisten al interpretar la salud mental como algo desvinculado de la salud física del organismo. El cuerpo humano es un todo interconectado, y abordar la enfermedad desde su totalidad redunda en una mayor eficacia de los tratamientos.

Los objetivos de la intervención psicológica se enfocan en conseguir: el alivio del dolor, la rehabilitación física y la adaptación, el ajuste psicológico y la normalización de la vida diaria. Así el paciente puede reincorporarse a una vida activa y recuperar sus relaciones interpersonales junto con aquellos aspectos más gratificantes de los que la enfermedad le había apartado. Esto significa un cambio en el que el individuo deja de ser un mero sujeto pasivo para implicarse activamente en la intervención. Para ello, debe ser informado de manera que pueda entender los mecanismos de su enfermedad y así responsabilizarse de las decisiones terapéuticas que se adopten.

El tratamiento psicológico que más estudios científicos aporta sobre el dolor crónico es la terapia Cognitivo Conductual. De hecho es la opción psicoterapéutica de elección para estos trastornos. En los últimos años también han aparecido evidencias que avalan la utilidad de la Terapia de Aceptación y Compromiso en el dolor crónico en general y en la fibromialgia en particular. A partir de técnicas de neuroimagen ha sido posible observar que tipos de cambios, a nivel cerebral, tienen lugar con estos tratamientos. Fundamentalmente, estos cambios se producen en las áreas responsables de la modulación del dolor.

Otras intervenciones que han mostrado beneficios a la hora de tratar con el dolor y proporcionar nuevas estrategias para la vida de estos pacientes son: la hipnosis, la retroalimentación o feedback, la gestión emocional, la relajación, la realidad virtual.

Programa Mindfulness para el Dolor Crónico

dolor cronicoHace unos años empezó a desarrollarse en el Hospital de la Universidad de Massachusetts, bajo la dirección del Dr. Kabat Zinn, un nuevo protocolo de intervención para las personas que sufren los estragos del dolor crónico: la meditación Mindfulness. El objetivo inicial de este tipo de intervención fue proporcionar a los pacientes una serie de herramientas que les permitieran gestionar el estrés y las emociones relacionados con su enfermedad, al tiempo que les permitía involucrarse de modo activo en un proceso de autoconocimiento y autocuidado. Los resultados mostraron la importancia de abordar la salud desde el paradigma mente-cuerpo. Los programas basados en Mindfulness permiten modular el dolor a través de la actuación sobre los mecanismos cognitivos y la gestión de las emociones.

La práctica de Mindfulness favorece una percepción del dolor diferente al actuar sobre los mecanismos de rumiación, pensamientos negativos y juicios que exacerban el dolor y el sufrimiento de la experiencia. Los programas basados en Mindfulness combinan técnicas de la Psicología Cognitiva, Meditación, Ejercicios de Respiración y Relajación y Ejercicios de yoga adaptados a las características de cada persona. Es un programa multicomponente que fortalece todos aquellos aspectos de la vida de la persona necesarios para afrontar de manera más eficaz las circunstancias de su enfermedad.

A través de un programa que se desarrolla a lo largo de 10 semanas, en sesiones semanales de 2:30 h de duración, la persona aprende a conocer el funcionamiento de su mente, los mecanismos de percepción, las emociones que entran en juego, al tiempo que entrena nuevas y más adaptadas estrategias para gestionar el estrés y las emociones producidas por la enfermedad y disponer de mecanismos de autoregulación y relajación.

A nivel de la estructura cerebral, las investigaciones llevadas a cabo con técnicas de neuroimagen demuestran cómo las prácticas meditativas provocan cambios neurológicos duraderos en diversas zonas cerebrales, algunos de los cuales tienen un efecto directo sobre los mecanismos de modulación del dolor. Por ejemplo, las imágenes de resonancia magnética muestran un desacoplamiento funcional del área cognitiva-evaluativa y la dimensión sensorial del dolor lo que hace que el estímulo doloroso se perciba de forma neutra.

La meditación Mindfulness es simultáneamente un proceso de control cognitivo, reevaluación emocional o reducción de juicio y visión existencial.

Los protocolos de Mindfulness son un complemento a los recursos clínicos convencionales y representan una oportunidad para que las personas se involucren de forma activa en la mejora de sus condiciones de vida.

 

BIBLIOGRAFIA
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